Los cuadernos de viaje, 4º día, visita al d' Orsay!
¡La última noche que iba a dormir en París! Me desperté algo tristona, porque no me quería ir de allí. Estaba muy a gusto, y me lo estaba pasando muy bien. Pero me animé pensando que tenía que aprovechar el día. Así que, me levanté enérgicamente, me duché, me vestí, ¡y a la calle!
Cuando nos dirigíamos a la parada de metro, nos topamos con una "marisquería-paraeta". A todos se nos caía la baba: centollito fresco, langostinos... compramos un poco de todo, y quedamos en que nos lo comeríamos todos juntos aquella noche en una de nuestras habitaciones. Pero, resulta que compramos ostras. Y para abrir las ostras se necesita un cuchillo especial. Así que, mi tía, la gran "amante de las ostras" se fue a una tienda, y compró uno.
Cogimos el metro, llegamos al d'Orsay, y los adultos sacaron la "targeta milagrosa" que nos permitió entrar enseguida.
Mirad, en todos los monumentos y museos de París, siempre te hacen pasar por un detector de metales, y por supuesto, el D' Orsay no era una excepción. Pasamos todos: C, P, M y yo. Pero cuando pasó mi tía, ¡PI PI PI! La máquina se puso a pitar como una loca. Vino un policía, registró su bolso... ¡y encontró su cuchillo para abrir ostras! Ella se tuvo que explicar. Una vez arreglado el lío, nos dejaron pasar, eso sí, nos advirtió que por nada del mundo sacara la navaja. Vaya, tercer encuentro que teníamos con la policía en nuestro viaje. Pronto nos declararían personas "non gratas" en Francia.
Entramos en el D'Orsay y ¡wohooo! Qué bonito. Ese museo había sido antes una estación de trenes. También había un inmenso reloj en la fachada del museo que dejaba ver su maquinaría en la planta de la cafetería. Me pareció una maravilla, sobre todo las agujas del reloj. Allí vimos un montón de cosas. No sé ni de quién, ni de que siglo ni nada... ah, sí, estilo impresionista, ya me acuerdo. Cuando salimos del museo, fuimos a la Torre Eiffel.
Cogimos el ascensor para subir al último piso. ¿Pensabais que iba a subir por las escaleras? ¿Por quién me habéis tomado? La verdad, es que yo pensaba que nadie subía por las escaleras, pero me equivocaba. Miles de desesperados subían por las escaleras, al ver las larguísimas colas. ¿¿¿Sabes que te cobran tres euros por subir a pie??? ¡Díos, qué locos! Bueno... sigo. Subimos al ascensor, muy grande (el primer y único ascensor normal que vi en París) No te lo pierdas ¡subíamos inclinados! Yo pensaba al principio, que el ascensor de la Torre Eiffel era un montacargas, pero ya vi que no. Llegamos a la segunda planta, repleta de tiendas de souvenirs cutres, llenas de Torres Eiffeles grandes, pequeñas, plateadas, doradas, de colores. Estuvimos un buen rato curioseando por las tiendas, buscando una Torre Eiffel con lucecitas que le regalaron a P cuando éste era pequeño. Pero no encontramos la que P quería. Según él, todas eran demasiado modernas. Subimos al ascensor que nos llevó al tercer piso. Al principio no sentía nada, pero después noté que me dolían mucho los oídos, y tras unos segundos, llegamos al último piso. Había unas vistas estupendas. Desde allí arriba, París parecía una enorme maqueta. Después de mirar un rato, noté una especie de giro en mi cabeza... vértigo. Jamás había tenido vértigo en mi vida ¡Qué raro!. Por cierto, si os quedáis quietos un momento en la Torre Eiffel, y muy concentrados, notaréis una cosa muy curiosa ¡la Torre SE MUEVE! No es que baile, pero se tambalea un poco.
Tras hacer muchas fotos, volvimos a bajar, y, creedme, fue la primera vez en mi vida en la que me sentí aliviada de tener los pies en el suelo. Bajamos de la Torre, y nos fuimos a un parque (me encantan las zonas verdes de París)y M y yo empezamos a dar de comer a las palomas. ¿De dónde salía la comida? Del buffet del desayuno. ¿Sabeis? en París hay un tipo de palomas que son tan grandes que parecen pollos. A mí me dan un poco de asco... se puede pensar que son el resultado de un horrible experiemnto genético. En fin.
Volvimos al hotel, y allí, en la habitación de M, P, y C, preparamos un banquete a base de marisco. Fue una especie de picnic improvisado. Vasos de plástico, una bandeja de lata, y sin sillas. Además, fue algo complicado. P y mi tía tuvieron que coger el cuchillo de ostras, un montón de toallas... ¡aquello parecía un parto! Pero me lo pasé súper bien. Cuando volví a mi habitación y me metí en la cama, no podía dormir, pero al final, me venció el sueño.
.:Continuará:.

