Tenía aquella extraña sensación desde aquel incidente, ocurrido hace... ¿dos días? ¿tres? No podía decirlo con claridad...
Él iba en su coche, conduciendo por las calles de la ciudad, hacia su casa. Era tardísimo y estaba agotado. Se había quedado haciendo horas extra en la oficina. Solía trabajar en exceso, tratando de conseguir un ascenso anhelado durante años. Tu tiempo ha pasado, decían, ahora buscan gente joven. No destacan, añadían. Y entonces, en un cruce un flamante coche plateado se metió en su camino. Su conductor era un joven rubio y atractivo, vestido elegantemente. Un imbécil, seguro. El choque fue inevitable. Afortunadamente, la polícia y la ambulancia no tardaron en venir, alertados por algún vecino insomne. Él bajó del coche, indignado, y se dirigió a uno de los policías, para denunciar los daños del choque, pero este no le hizo caso. Todos parecían demasiado ocupados sacando el cuerpo del joven del coche. Al parecer se había fracturado el cráneo. Insistió, pero de nuevo, ni el policía le miró. ¡Lógico! ¿Quién iba a preocuparse por el anodino dueño de aquel coche sucio, viejo, y con la tapicería raída? ¡Nadie! Iracundo, se marchó. Recorrió a pie el trecho que quedaba para llegar a su casa. A un piso pequeño, frío y vacío, sin ninguna presencia reconfortante, que tan necesarias son en días fríos como era aquel. No tenía esposa (apenas sabía del amor), ni hijos (odiaba a los niños), ni amigos (apenas había tenido a lo largo de su vida), ni siquiera mascota (sentía una profunda aversión hacia los animales).
Sí, eso era. Eso había pasado. Suspiró y se levantó de la cama, donde había estado durmiendo desde entonces. Curiosamente, no tenía hambre, ni sed, ni frío, ni calor. Tan solo sueño. Pero debía levantarse, debía ir a trabajar, si es que milagrosamente aún no le habían despedido. Empezó a cambiarse frente al espejo. Su rostro era alargado, y en el centro destacaba una nariz demasiado grande. Sus ojos eran grandes y triste, carecían de brillo, estaban siempre apagados. Se tocó el mentón, con aire pensativo "Necesito un buen corte de pelo y un buen afeitado" dijo en voz alta. Hasta su voz sonaba monótona. Se miró fijamente en el espejo. Era un hombre aburrido, gris. Un Don Nadie.
Salió a la calle. Noto que aquel día, al caminar se sentía liviano, como si le hubieran quitado un enorme peso de encima. Sin pensarlo mucho, lo atribuyó a que aún se estaba despertando. Aunque le extrañó mucho, pues seguía sintiendo mucho sueño, un profundo y pesado sueño. Bajó del autobús, en la parada cercana al cementerio, que era la más próxima a los edificios de las oficinas. Le recordaba a él: un pequeño cementerio, a rebosar de tumbas, apretado entre altísimos edificios, todos ellos importantes. Nadie reparaba en el cementerio al pasar, la gente prefería admirar los escaparates de las lujosas tiendas del edificio de al lado. Decidió entrar, no le apetecía enfrentarse a la bronca que el jefe le echaría.
Entonces, la vió. Una figura alta y ataviada de negro. Llevaba el pelo recogido en un moño. Lloraba, a los pies de una tumba que aún no habían cerrado. Era su madre. Se acercó a ella, sin sospechar el muy ingenuo aún. La llamó, le habló, le gritó. Y al tratar de zarandearla, sus dedos atravesaron su cuerpo, y al mirarla su mirada lo atravesó. El féretro que había en el fondo de la fosa estaba abierto, esperándolo...
Se dejó caer en el interior de ataúd, revestido de terciopelo rojo. Se le antojó cómodo. Cerró los ojos. Su último pensamiento fue "¿Tan invisible soy que hasta la Parca olvidó avisarme de mi propia muerte?"
Este relato corto, o más bien cuento, lo escribí en principio como un ejercicio de Lengua Castellana. Y ni siquiera lo hice correctamente (supuestamente tenía que empezar la narración con una frase que dictaba el libro, pero yo, buf, pasé), pero al devolvermelo, le profesora me felicitó, así que decidí colgarlo aquí, con la esperanza de que alguien lo lea, y de que le guste.

